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miércoles, 4 de mayo de 2011

“S” cine .-

Aquel cine siempre olía mal, siempre estaba sucio.  Lo mejor era llegar tarde, cuando las luces ya estaban apagadas, y solo podías dejarte guiar por el fulgor de aquellas carnes en movimiento.  Era la única manera de no reparar en la butaca ocupada.
 
Y luego estaba ese guiño de complicidad que la vendedora de pañuelos de papel te hacía en la entrada: “Toma niño, para que te lo hagas con suavidad...”.  Que a mí sinceramente, no me hacía ninguna gracia.  Al contrario, me dejaba cortado y más temeroso todavía, con la marcada sensación de que estaba haciendo algo realmente pecaminoso.  Aún recuerdo el día que me dijo “Un día se lo voy a decir a tu madre”.  Se me quitaron las ganas de todo... hasta de ver la película.  Eran tiempos de represión silenciosa.

Cuando lo cerraron, no solo fue un tremendo choque para mí que veía frenados mis instintos de evasión febril, sino también para todo el barrio, que al contrario de lo esperado, se llenó de pervertidos sin rumbo.

miércoles, 6 de abril de 2011

El mensaje del tiempo .-

Tras la muerte del deseo, entre ellos, ya solo mediaba un cariño inútil que les distanciaba en largas noches de soledad.  Decidida, hizo las maletas, y mientras éstas perdían el tiempo sobre una cama pulcramente deshecha, cogió papel y lápiz.  Sabía perfectamente que para él, aquellas palabras desesperadas no pasarían de ser más que una triste despedida.  Apoyó el mensaje sobre el vaso que en la mesita acogía cada noche su dentadura, y salió al pasillo, ahora tan oscuro y angosto como el empuje solitario que la llevaba a actuar así.

Cuando él volvió de dar su paseo diario de obras y edificios en construcción, se percató rápidamente de la ausencia.  No olía su piel, su sudor, su movimiento.  No oía el crepitar de los fogones, ni el ruido de fondo del noticiero.  En silencio fue hasta la habitación y descubrió el armario vacío de sus vestidos, los cajones tristes de su ropa interior, y el mensaje que no se atrevió a tocar.  Echó la llave y la guardo en el bolsillo.  Nunca más volvió a entrar en aquel dormitorio.

Con los días, con los meses, el polvo se encargó de ocupar todos los rincones, repartiéndose por la habitación y dibujando sus formas.  Destacaban más que nunca los libros sobre una coqueta desconchada, la lámpara de papel diferente o el cuadro de flores marchitas.  Una piedra traicionera, quien sabe desde qué manos lanzada, rompió el cristal izquierdo de la ventana y fue a golpear el vaso de agua, que acabó en el suelo roto en mil pedazos.  El agua se derramó en miles de lágrimas prohibidas y mojó aquel mensaje desesperado, terminando de difuminar lo poco que el olvido del tiempo había sabido respetar.  Qué triste: nunca unas palabras sirvieron para tan poco.

sábado, 26 de marzo de 2011

El oído .-

El traqueteo de la furgoneta le sumió en un profundo sueño.  Los recuerdos sufridos bombardeaban su mente sin poder evitarlo.  Aquellos terribles momentos, todavía cercanos, se aglutinaban, convirtiendo ese ligero trastorno temporal en una desesperante pesadilla. 

Andaba por una selva infestada de bufidos y otros chillidos extraños para él.  El mínimo chasquido de una rama seca se convertía en un arrebato terrorífico.  Llevaba horas perdido, buscando a su amada, también perdida, desaparecida, secuestrada... quién sabe qué.  Subía a los árboles, colmados de frondosidad y alborotadores animales.  Escudriñaba tras los gruesos troncos, que intentaba evitar en un zigzagueo continuo.  No aparecía por ningún lado, ni aún siquiera en aquellas oquedades de hojas, que al pisarlas explosionaban en suspiros de humo negro y maloliente.  Las manos comenzaron a sangrarle en un goteo insistente que aporreaba su pecho de angustia.  Atento a cualquier ronroneo, cualquier respiro entrecortado que le permitiese localizarla, no se percató del extravío febril en que estaba cayendo.  Ahora ya todo le intimidaba y le producía sobresaltos inesperados: el repiqueteo continuo de cualquier ave, el resoplido de una alimaña, el rugido lejano de un monstruo desconocido, incluso el crujido suave de las hojas llevadas por el viento.  No lograba encontrarla.  Las gotas de sudor se mezclaban con lágrimas, que fatales brotaban una y otra vez.

Cuando la policía le golpeó en el hombro, despertó.  Habían llegado a la jefatura.  Ahora tendría que rememorar concienzudamente todo lo ocurrido.  Por qué, cuando les encontraron en aquel claro del bosque, tras varios días sin saber nada de su paradero, él estaba como enloquecido y ella muerta.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Esta crisis laboral .-

¡Dos horas ya!  Parece mentira.  Es que no me lo puedo creer.  Llevo dos horas esperando, y ni siquiera se ha dignado a ponerme un mísero café.  Pero quién se ha creído esta necia que soy yo.  Bueno sí, seguro que se ha hecho a la idea que soy una chacha más, ¡uy no!, una empleada del hogar de esas que vienen por horas a pasar la bayeta. 
Pero que se puede esperar de una señora, por decir algo, que te recibe en chándal, con los rulos puestos y apestando a sudor.  Aunque ella se crea superior por el simple hecho de ser “la señora” de la casa, eso no le da derecho a tenerme tanto tiempo esperando...  ¿Para qué?  Para que luego me venga diciendo que soy un poco mayor, y así, sin más, me despache tranquilamente...
Qué pena: haber tenido que buscar trabajo en estos barrios de nuevos ricos sin educación.  Yo, que he servido cenas a ministros.  Yo, que he vestido a duquesas y acompañado a infantes.  Yo, que he limpiado la plata de grandes palacios...  ¡Qué pena!

Un caso más .-

Cuando llegaron a la estación ya era de noche y el niño se había dormido.  Aunque ya estaba todo decidido, los dos volvieron a mirarse a los ojos esperando encontrar algún resquicio de duda que les retuviera.  No fue así.  Realmente, no había vuelta atrás.

Apuraron el silencio del bebé para arroparlo un poco mejor dentro de aquel capazo lleno de manchas. Entonces, ella comenzó a llorar, y las manos empezaron a temblarle.  Necesitaba con urgencia una nueva dosis.  Él aprovechó ese incierto momento para retirar suavemente al niño de aquellos brazos marcados.  Hacía rato que ya les esperaban.  No debía pensarlo más.  El trato estaba cerrado y no había vuelta atrás.

viernes, 4 de febrero de 2011

A la hora de la siesta .-

El calor era agobiante, realmente agobiante.  En la calle, solo un par de perros sin amo se quejaban con aullidos de esa presión flamígera que cortaba hasta la respiración.  Las terrazas cerradas, los toldos echados, y las persianas bajadas ocultaban del sol a esa mezcla variopinta de culturas vivas que se daban en mi barrio.
Un grito.  Otro.  Y hasta tres gritos más rompieron la tarde estival.  De la misma garganta de mujer.  Inconexos.
Algunos, podrían pensar que se trataba de la telenovela que alguien acababa de poner en su casa a un volumen descuidadamente elevado.  Otros que de la asistenta que obligada a planchar en siesta, se duerme sobre la mejor camisa de su señora.  Otros que de esa pesadilla inesperada que por inoportuna rompe el ligero cabeceo de la quinceañera sobre el sofá.
Pero, ciertamente, si alguien sabía de lo ocurrido, ese era yo. 
Solo yo, las manos aún sucias por los cascotes de piedra, el aliento aún cargado de vino barato, la mirada aún perdida por los celos.  Solo yo, golpes secos sin piedad.  Solo yo, fuerza y rabia  suficientes para machacar su cráneo con el martillo de obra...  Hasta hundirlo entre esa masa roja que ahora manchaba mi pecho.