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sábado, 6 de agosto de 2011

La Casa Apagada - Planta segunda (parte V) .-

Eran las siete de la tarde cuando se produjo el apagón en La Casa Encendida.  Nadie lo esperaba...


Segunda planta 2 Vicente y amigos
Este Vicente es un capullo.  Sabe de todo, y de todo más que nadie.  Y encima siempre me deja en evidencia, con ese regusto amargo del ridículo sin respuesta.  Estoy hasta los mismísimos.  No puedo con él, es que no lo aguanto.  Pero ya callaré yo a ese listillo.  Todo llega.
“Ey, tú pequeñín, has vuelto a bloquear la impresora.”  “A ver, enano, llevo esperando tu informe tres horas; a ti seguro que te da igual, pero yo no puedo perder así mi tiempo.”  “¡Por fin has terminado! Nene, ¿seguro qué tú has hecho una carrera universitaria?”
Este Vicente es un tío odioso, repelente, asqueroso.  Pero, ¿es que nadie se ha dado cuenta?  ¿¿Y ahora qué pasa??  Se ha ido la luz.  Lo que faltaba.  A este paso no termino nunca, joder.  Si es que no se ve nada.  Esta oficina sin ventanas es una mierda.  Realmente no veo ni mis manos. 
Me levanto tanteando las mesas con idea de salir al pasillo.  Sigo el revuelo de las voces.  De pronto noto una voz justo a mi espalda, sobre mi hombro: “Seguro que ha sido el enano. Me juego el cuello.  Habrá tocado algún fusible que no debía”.
Sin pensarlo dos veces, me aparto a un lado y pongo el pie a modo de obstáculo.  La zancadilla funciona y el capullo cae pesadamente al suelo.  Una energía inesperada me empuja: comienzo a pegarle patadas por todo el cuerpo.  No estoy seguro dónde golpeo: pecho, pierna, barriga, cuello, y a veces no acierto y me doy contra el parquet.  Pero continuo pateando una y otra vez hasta que me duele el pie.  No ha soltado un solo grito, ni un solo quejido.  Ojalá le haya partido la boca al primer puntapié.  Respiro alterado.  Me recompongo el pelo y, de nuevo, apoyándome en las mesas, emprendo el camino de salida al pasillo.
Sigo sin ver nada, pero supongo por las voces que todos estamos en el pasillo.  Todos menos él.  Y para cubrirme en salud, yo también me pongo a hablar: “Los teléfonos tampoco funcionan. Joder, ¿qué puede haber pasado?  Vicente, ¿serías tan amable de darme un cigarro?”.  No hay respuesta.


jueves, 14 de julio de 2011

La Casa Apagada - Planta primera (parte IV) .-

Eran las siete de la tarde cuando se produjo el apagón en La Casa Encendida.  Nadie lo esperaba...

Primera planta 1 Aurora
Aurora está desesperada.  Esto de trabajar en el turno de tarde la pone de muy mal humor.  Pero no es lo único, porque últimamente casi todo la pone de mal humor.  No aguanta tener que esperar el metro y menos los apretones de la gente una vez que estás dentro.  Y ya si el vagón se para en medio de un túnel, es que le han jodido el día, los nervios se le encrespan.  Le repele la gente que huele mal, no soporta a los costras que le piden continuamente por la calle.  Odia a la personas con mal gusto, que combinan a ciegas, y aún más a aquellas viejas horteras que gritan al hablar. 
“Todavía las siete, no me lo puedo creer, hoy se me está haciendo el día más largo que nunca.  Y encima esta puta lluvia”.  Aunque no está muy bien visto, se pone los cascos conectados al ordenador y comienza a escuchar el Avalanche de Sufjan Stevens.  Mira a su alrededor en la oficina:  sus compañeros teclean en el ordenador, hacen fotocopias o hablan por teléfono.  “Míralos, qué bien se lo pasan, si hasta parece que disfrutan.  Es que no puedo con ellos.  Mucho de buenas palabras, pero luego, por detrás, al menor descuido, ya te la están clavando.  Malditos hipócritas, si es que cómo no voy a preferir estar sola”.
Inesperadamente todo queda a oscuras.  Surgen los típicos grititos y bromas.  Algunos se acercan a la ventana para comprobar el alcance del apagón.  Otros permanecen sentados mientras comentan la situación.  Ella permanece en silencio.  Le da pánico la oscuridad.  Los primeros síntomas de un ataque de ansiedad se le van presentando.  Se echa las manos a la cabeza y se tapa los oídos.  Nadie lo sabe, pero desde pequeña duerme con la luz encendida.  Aún recuerda con nitidez, el día que la madre Montserrat la encerró en el cuarto de los ratones por haberse roto la falda en el tobogán.  Y también memoriza claramente las tijeras, la sala de rezos, y cómo había destrozado, una por una, todas las biblias y misales que utilizaban las monjas en sus continuas oraciones.  “Ya no podrán rezar más”.
Alguien propone salir al pasillo a charlar tranquilamente en lugar de andar a gritos.  Aunque sólo entra el resplandor de las nubes plomizas, todos se levantan y salen de la sala.  Todos menos Aurora, que tras una pausa, abre el cajón y coge las tijeras.  Sin pensarlo ni un segundo más se lanza al suelo y comienza a cortar todos los cables: ordenadores, teléfonos, impresoras, fotocopiadora... “Ya no podrán trabajar más”.

miércoles, 29 de junio de 2011

La casa Apagada - Entreplanta (parte III) .-

Eran las siete de la tarde cuando se produjo el apagón en La Casa Encendida.  Nadie lo esperaba...

Entreplanta E Germán y María
Germán acaba de descubrir dos hermosas manchas en su cazadora, justo a la altura del ombligo.  Está claro que no puede trabajar así, y menos hoy que le toca estar en la entrada.  Sin dudarlo, coge la placa de vigilante de seguridad y se la engancha sobre la barriga para ocultar la tela manchada.  María le observa desde la recepción y mientras guarda sus cosas en el cajón, piensa que es un chico mono pero un poco raro, y que si no fuera por eso, se tomaría gustosa unas cañitas con él. 
En cuanto tiene oportunidad, él se aproxima para observar más de cerca sus ojos verdes, para luego, bajar la vista en cuanto ella le responde.  Nunca sabe qué decir.  Y ella sin embargo, no para de rajar.  Además, está convencido de que perdería el tiempo: ella con sus muchos amigos, con sus bolsos, uno para cada día de la semana, ella, seguro que no siente lo mismo.  Pero hasta en eso se equivoca.
Inesperadamente todo queda a oscuras.  Él comprueba que la puerta de entrada está bloqueada. 
-         Bajo al sótano a revisar los fusibles - comenta seriamente.
Ella se levanta y le frena en seco:
-         ¿No se te ocurrirá dejarme sola?.
-         Sólo tardaré dos minutos - contesta él. 
Pero se queda.  Y enciende la linterna un segundo para hacerle saber que sigue allí,  a su lado.
-         Cuéntame algo - le pide ella con voz pequeña.
Un silencio frío les separa, pero de pronto Germán comienza a hablar: 
-         ¿Sabes que la forma en que crecen los cristales de hielo es una perfecta muestra del sistema caótico?  No hay dos cristales de nieve iguales.  Los copos no crecen lentamente en condiciones ideales de equilibrio, sino que cristalizan de forma rápida, dando lugar a esas formas arborescentes, cada una de ellas con detalles específicos en función de las condiciones meteorológicas.  El mundo y todo lo que contiene no sigue estrictamente el modelo de un reloj, previsible y determinado, sino que tiene aspectos caóticos.  Es lo que los científicos llaman la teoría del caos.  Así, causas pequeñas pueden producir grandes efectos.  En determinados experimentos, la acción conjunta de dos variables, en lugar de sumar sus resultados, pueden originar un efecto realmente impensable.  Así, la combinación de alcohol y droga, aunque sea en pequeñas dosis, puede llevarnos a consecuencias desmesuradas.  Siguiendo a Einstein, una pequeñísima porción de masa, bajo ciertas condiciones, puede liberar enormes cantidades de energía.  Imagina que sueltas un guijarro a dos mil metros de altura.  Teniendo en cuenta que la aceleración aumenta según la gravedad terrestre, producirá un efecto bastante doloroso sobre la persona que esté abajo, y eso sin ponderar el rozamiento del aire.  Vamos, que hasta la más pequeña gota de rocío caída del pétalo de una rosa al suelo, repercute en la estrella más lejana.
-         Respira hombre, respira - interrumpe ella totalmente desconcertada -.  Estoy pensando si no te apetecería luego tomar una cervecita conmigo.

viernes, 17 de junio de 2011

La Casa Apagada - Planta baja (parte II) .-

Eran las siete de la tarde cuando se produjo el apagón en La Casa Encendida.  Nadie lo esperaba...

Plantas 0/Baja  0 /B  Paula y Antonio 
Paula se coge del brazo de su marido mientras observa el espacio vacío: sólo unas luces que se encienden y apagan cada cinco segundos.  Sabe que en cualquier momento Antonio va a saltar con algún comentario grosero sobre el arte moderno, de ahí que se abrace aún con más fuerza a su brazo, en un amago tierno de evitar ese arranque violento que ya le conoce.  Fue de ella la idea de visitar la exposición antes de ir al restaurante donde han reservado mesa para las 20:30.  Van a celebrar sus quince años de casados y ella quiere que todo salga bien, incluso le ha comprado un regalo.
Inesperadamente, todo queda a oscuras.  Al principio les parece que forma parte de la exposición.  Sólo cuando el vigilante les pide que no se alerten, que en seguida vuelve, que va a averiguar qué ha pasado, son conscientes del apagón.  Ella tira suavemente de Antonio, hasta apoyar la espalda contra la pared que recordaba más cercana.  Calla, pues como le conoce, prefiere el silencio, es mejor no provocar.  Sin embargo, ocurre.
-         ¡Joder, Paula, mira que lo sabía!  Sabía que la mierda esta me iba a amargar la tarde.
-         Pero cariño como ibas a saber nada.  Se ha ido la luz y punto.  Eso nadie lo puede adivinar.
-         Pues yo ya me barruntaba algo.  Si es que no sé para qué te hago caso.  Cada vez que organizas algo la cagas.  A ver qué hacemos ahora aquí encerrados, a oscuras, y todo para nada, para ver tres tabiques pintados de blanco y una bombilla rota.  ¿Y a esto tú lo llamas arte? 
-         Yo no.  Esto lo llaman arte los expertos, que saben más que nosotros.
-         Sabrán más que tú, que no sabes ni ensartar una aguja.  Si es que eres como tu madre, que solo sabe escribir su nombre cuando tiene que firmar. 
-         Oye, no te metas con mi madre, que ya tuvo bastante con sacar adelante a cinco hijos.
-         Y así habéis salido todos, unos incultos, unos tarados.
-         Uy ya salió el catedrático, el licenciado en filosofía y letras, el vendedor de ¡colchones! más laureado.
-         Paula, no me toques los cojones, que ya me conoces.  Que sepas, que por lo menos, yo trabajo, cosa que tú no has hecho en tu vida.
-         Ah, muy bien, que no es trabajar el limpiar toda la mierda que vas dejando desde que te levantas.  Si no fuera por mí, no sabrías ni ponerte los calzoncillos a derechas.
-         Paula, que te embalas...
-         Antonio, que te pierde la boca...
-         Mira, paleta ignorante, a mí no me habla así ni mi padre.  Si por no saber, no has sabido ni hacer hijos, coño, tanto como te las das con los de otros.
Paula comienza a deslizarse contra la pared hasta acabar sentada en el suelo.  Las lágrimas no terminan de salir, más bien lo que tiene es una rabia contenida que hace que le tiemblen las manos.  Le da miedo esa negritud extrema.  Por su cabeza discurren desordenadas imágenes de lo que ha sido su vida los últimos años. 
Con la misma pausa, se consigue enderezar hasta ponerse a la altura de Antonio.  Comienza a acariciarle la cara como tantas veces ha hecho, con calma, con dulzura.  Él la rechaza airado.
-         ¡No me toques ahora, joder!  Que sabes que me pone más de mala leche todavía.
-         No cariño si ya no te voy a tocar más...
Con toda su rabia le da un rodillazo en los testículos.  Y cuando nota que se encorva, le coge de los pelos y le grita al oído:
-         ¡¡Vete a la mierda!!.
La puerta de la sala chirría al abrirse.  Se oyen unos tacones desorientados, pero resueltos, que suben las escaleras. 
-         Y esta jodida luz que sigue sin venir.

miércoles, 15 de junio de 2011

La Casa Apagada - Planta sótano (parte I) .-

Eran las siete de la tarde cuando se produjo el apagón en La Casa Encendida.  Nadie lo esperaba.  Solamente se había oído una golpe seco, por encima de las cabezas, en la terraza del edificio.  Fue como la explosión de una traca en el interior de una caja metálica.  Y luego, todo quedó a oscuras.  No sonaba ninguna alerta acústica, tampoco funcionaba el alumbrado de emergencia, y las puertas de salida, extrañamente, habían quedado bloqueadas.  Por las ventanas de la calle sólo entraba el pobre resplandor de unas nubes plomizas que no dejaban de descargar lluvia.  El apagón también había afectado a los edificios vecinos.  El tráfico siempre tumultuoso de la zona, que atronaba diariamente con sus cláxones, ahora se había esfumado.  Se diría que hubiesen cortado la calle tanto en Atocha como en Embajadores.  Era todo muy extraño.

Planta sótano SS Pedro y Hugo
Al entrar al auditorio, Pedro mira su reloj: “no son más de las 18:50, perfecto”.  Cuando cumplió los treinta se prometió no volver a llegar tarde a ninguna cita o evento, y aún menos al bufete, que es donde se supone que se debe dar más ejemplo.  Toma asiento, como suele hacer normalmente, en la penúltima fila.  Se quita el abrigo, se ajusta la corbata y observa a la gente que sigue entrando en la sala.  Los ponentes ya están sobre el escenario.  En la pantalla: “Explotación infantil. Derechos del niño. Soluciones.”  De pronto alguien llama su atención: sentado en la misma fila, pero cuatro butacas más allá de la suya, un joven lo mira entre distraído y atento.  Lo ha reconocido perfectamente, pero aún así no se lo puede creer.  Agacha la cabeza y simula buscar algo en el bolsillo: “joder, puta casualidad, mira que Madrid es grande”.  Desde que comenzaron sus escapadas nocturnas, y ya va para mucho, nunca le había pasado.  Y piensa que precisamente hoy le tiene que pasar.  Lo mira de reojo y coinciden sus miradas.  Ahora sí que se han reconocido, los dos, pero ninguno se mueve.
A Pedro le gusta salir solo alguna que otra vez.  Se inventa una excusa en casa y sale a tomar copas hasta la madrugada.  Un par de rayas y comienza la caza.  Por suerte, siempre encuentra algún chico borracho y guapo al que follar en el coche, en un hotel cercano o en el mismo servicio del local.  Después, vuelta a la rutina y todo olvidado.  Pero hoy, a escasos tres metros, allí está él, casi igual de atractivo o más.
Inesperadamente, todo queda a oscuras.  El coordinador les pide calma y que, por favor, no se muevan de sus asientos hasta que no se haya restablecido el servicio.
De pronto, una mano en la pierna le pone alerta.  Una lengua viscosa en la oreja que va resbalando despacio, hasta los labios.  Sabe quién es y lo que pretende.  Receptivo, aspira ese aliento sabroso de chicle recién escupido.  Está muy excitado y por un momento se ha olvidado de donde está, a lo que ha ido y a lo que se arriesga; simplemente se deja llevar.  La barba de tres días le estimula aún más y acelerado responde con rabia a aquellos ásperos besos.  Una diestra mano en la bragueta le hace temblar.  Ahora lo recuerda mucho mejor: aquella noche se había alargado más de la cuenta y cuando lo dejó dormido en la habitación, había estado tentado de anotarle su teléfono; nadie le había comido la polla de esa manera.  La oscuridad cada vez más ruidosa, se llena de quejas y cuchicheos, entonces la voz de Pedro estalla en un quejido gozoso que no puede reprimir.  Saca un pañuelo del bolsillo y trata de recomponerse con rapidez.  De nuevo nota el aliento ahora cerca de su oreja.
-       Bueno Pedro, ha sido todo un placer volver a NO verte. - Se oye el eco de un roce de asiento con ropa que se aleja...  Pero ahora vuelve, acompañado de una palmada en el paquete -. Por cierto, por si no te acuerdas, me llamo Hugo.  Mañana seguro que vuelvo.

jueves, 7 de abril de 2011

Las señales .-

A veces, eran pequeñas huellas de su paso, las que encontraba entre mis libros, entre mi ropa, en alguna de las paredes.  Pero la definitiva señal de su llegada, de su entrada en mi vida, fue algo inesperado e ingenuo:  descubrí que el color de mi habitación había cambiado.  Del azul pálido, de niño siempre enfermo, las paredes habían pasado a ser de un verde intenso que recordaba la selva amazónica, y las historias de exploradores que me leía el abuelo.  Una sonrisa inesperada me recibió en el espejo.  Sin pensarlo dos veces conecté al enchufe la afeitadora electrónica de mi padre, y me quité ese incipiente bigote que me hacía una sombra ajena sobre el labio.  Ya en la cocina, las risas irónicas eran un todo agradable que hasta a mí mismo me sorprendía.

-         ¿Cómo está mi hombrecito hoy? – me acariciaba mi madre. – Anda dame un beso de buenos días... Uy, pero que beso más tierno y suave.
-         Anda bonito, dame a mí otro igual – mascullaba mi hermano, que siempre sería el mismo imbécil.

Volví a notar su presencia una vez llegado al instituto: los apuntes se me hicieron familiares, los ejercicios casi pasatiempos, y las hasta ahora aburridas clases de matemáticas y ciencias naturales, se me hacían interesantes.  Las ganas de participar, de preguntar, de saber, eran otras.  No sé cómo decirlo...  Era alucinante:  estaba ahí, y por primera vez en mucho tiempo, era consciente de mi existencia entre el resto de los alumnos.  Aún no tengo palabras para expresar el partido de baloncesto que me salió en la clase de gimnasia.  Rebosaba fuerza y vitalidad.  A partir de ahí, las nuevas actitudes y sus nuevas consecuencias se sucedían.

Creo que me siempre me acompañaba.  Uno de los momentos que más cerca noté su presencia fue cuando llevé a Rita al veterinario.  Tenía una enfermedad extraña que le afectaba al hígado.  Sufría mucho y lo mejor era sacrificarla.  Salí de la consulta totalmente compungido, quería llorar, tenía un nudo en la garganta que me ahogaba.  De pronto, una leve brisa me silbó en los ojos y removió mi pelo.  Noté como si una mano amiga apretase mi hombro.  No me volví ni mi asusté, sabía que era él, incluso Rita lo notó pues levantó las orejas y saltó de mis brazos.  Ahora brincaba a mi alrededor y ladraba alegremente.

“Qué suerte el día de la tormenta, pero que suerte tuviste.”  “Se te apareció el señor.”  “Ni un solo rasguño, increíble.”  Diferentes eran las visiones que las gentes tenían de aquel acontecimiento.  Cuando el cielo se abrió, y un torrente de agua y barro cayó sobre el pueblo, yo acompañaba a un grupo de amigos de paseo por la orilla del río.  El desbordamiento nos cogió más cerca que a nadie, había agua por todas partes, algunos de hecho desaparecieron con la riada.  Yo sin embargo, logré aferrarme a una torreta eléctrica y pude divisar todo el espectáculo que bajo mis pies se estaba produciendo.  Él estaba conmigo.  Recuerdo que mientras llovía, una tenue canción tintineaba en mis oídos:  “Tengo tu vida en mis manos, tranquilo mi dios, tranquilo”.

A las chicas les comenzó a gustar mi voz, querían escuchar mis historias, y las encandilaba mi mirada.  Estoy convencido que fue él quien me empujó y me abrió los ojos al sexo hasta entonces oculto bajo unos pantalones pasados de moda.  Mi primera cita fue con Silvia, la chica del quiosco, mayor que yo, tenía fama de experimentada.  Sin embargo, mis besos y caricias, totalmente espontáneas, no aprendidas, la volvieron loca de placer.  Aquella noche fue inolvidable.  Él me había enseñado a utilizar mi cuerpo, a dar placer y a saber recibir el mejor.  Desde entonces, las mujeres dejaron de ser una conquista difícil en  mi vida.

Terminé la carrera con matrícula.  Hice varios estudios de postgrado y viajé por casi toda Europa.  Me casé con la mujer más maravillosa del mundo que me ha dado dos hijos.  Ahora tengo a mi cargo toda una empresa con beneficios notables, un chalet y varios coches.  He conseguido todo lo que me proponía...  Gracias a él, estoy seguro.

Muchas veces, cuando leo mi diario, descubro que lo que empezaron siendo pequeñas señales, se han ido convirtiendo en socavones de mi vida.  Desde aquel día en que cambió el color de mi habitación, han pasado ya muchos años.  Hasta ahora no me ha pedido nada, y eso en el fondo, me da mucho miedo.  Me aferro a la vida, cuando sé que tengo un tope que se va acercando:  los cuarenta años que en su momento me parecieron tan lejanos, ya casi me alcanzan.  Él, siempre a mi lado, ha ido excavando mi alma, cada vez más fría.  No sé por qué sigo aún hablando de MI ALMA, cuando realmente dejó de ser mía, el mismo día que cambió el color de mi habitación, aquel día en que justo antes de acostarme firmé un pacto con él y se la vendí.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Un largo paseo .-

Salgo de casa.  Aliada con mi tristeza, la tarde lluviosa me acompaña.  Me gustan los días así:
-         Tormenta y paraguas negros empujados por el viento.
-         Gente corriendo, gabardinas, charcos.
-         Escaparates que poder mirar, libros que no he leído, ropas caras que no puedo pagar, botas de goma.
-         Un reloj de pared, el canal de desagüe de un tejado, una gotera.
-         Un perro flaco perdido, bicicletas paradas junto al puente, el río que se moja, gorriones que se bañan.

Decido salir del pueblo.  Me dirijo hacia Zull, y siguiendo las señales, cojo la calzada que se inicia a mi derecha.  La lluvia ha cesado, y aunque mi chubasquero es bueno, creo que se ha calado un poco.  Me lo quito y lo doblo bajo el brazo.  Empieza el camino:
-         Tierra rojiza, mucho barro y agua estancada.
-         Flores húmedas, hierbas y matojos.
-         Algodón, garbanzos, trigo.
-         Una flecha de madera que indica a la izquierda: “Villa Müller”.
-         Almendros, robles, algún castaño de indias.
-         Una antigua caseta, hierbas que crecen sin control, paredes deshabitadas.
-         Un coche fúnebre vacío, un muro resquebrajado por el tiempo.
-         Una cruz de piedra, un jarrón con flores, una lápida de mármol en la que puede leerse: “María 1945. Luchaste por todos aquellos que ya habían caído. Libertad era tu lema, tu mano firme. Y para mí la soledad.” “Martín 1947. El dolor me hace seguir tus pasos.”

Me detengo en un nuevo cruce.  Saco una manzana de la mochila y parsimonioso comienzo a mordisquearla.  Realmente no tengo mucho hambre.  Miro al cielo que no deja de amenazar nuevos aguaceros.  El camino de la derecha es el que debo seguir:
-         Una nueva señal “Zull 5 km”.
-         Una bandada de cuervos, y un árbol quemado por el rayo.
-         Un chaval en bicicleta: “Adiós. Buenos días”.
-         Unos tubos metálicos.  Y a lo lejos una estación abandonada.
-         Un estrechamiento, un puente, un pequeño riachuelo.  “Arroyo Salt” en un cartel de madera.
-         El croar de las ranas.
-         Un montón de escombros, basura y algunas ratas.
-         Tierra baldía, piedras, jaramagos y amapolas aún mojadas.
-         A la derecha una casa de campo abandonada:
o     Una cancela rota.
o     Un banco de piedra y un pileta llena de agua.
o     Unos rosales resecos, muros derruidos, una lechuza.
o     Un viejo libro destrozado por el agua y el tiempo. No tiene pastas, le faltan las primeras hojas. En una de ellas todavía pueden leerse claramente algunas líneas: “(...) el hombre es objeto de deseos incalculables; si le arrebatásemos tal pluralidad, si lo serenásemos, si lo satisficiésemos del todo, el hombre dejaría de existir. Es la inquietud de su corazón, lo que lo distingue del resto de los animales. (...)”

Vuelvo a la calzada.  Un triste rayo de sol y una ligera brisa me acompañan:
-         Tres eucaliptos, huellas de perdiz, huellas de perro.
-         Sangre fresca y plumas desperdigadas entre la tierra removida.
-         Una cartón de leche uperisada: “Leche Boll la mejor de la comarca”.
-         Cinco campanadas suenan cercanas.
-         Murmullo de coches.
-         Un par de higueras malolientes, desagües saturados y aceras asfaltadas.
-         “Municipio de Zull” en letras grandes.
-         Mujeres con la compra, niños que juegan, hombres que vuelven.
-         Unos pinos, una fuente, un banco de madera.

Me siento y comienzo a masajear mis rodillas ya poco acostumbradas a tanto ajetreo.  Abro de nuevo la mochila, pesada y bastante vieja:
-         Un reloj sin correa, un pañuelo verde y un par de postales.  Todavía queda una manzana.
-         Una piedra, una concha de mar y la cartera.
-         Unas gafas de sol rotas, un viejo periódico y un libro con mi nombre en el lomo.  Se titula “Momentos”.  Primera página y en letra de imprenta: “A Laura, la que pudo ser y no fue”. Y en la segunda página: “La perspectiva del tiempo nos permite escribir con mayúsculas aquellos momentos que nos marcaron, que fueron decisivos en nuestra vida.  Estos son los míos”.

jueves, 17 de marzo de 2011

Desnuda ante el espejo .-

Cuando Azucena pidió alojamiento temporal a María, era porque acababa de romper con su novio.  Realmente esa era la razón por la que no tenía donde ir.  La última discusión, con bofetada incluida, le había permitido ver las cosas mucho más claras:  “¡A la mierda Víctor! ¡Me voy ahora mismo! Prefiero dormir en la calle, a compartir un segundo más el aire podrido que respiras”.

María, su compañera de facultad antes que dejara la carrera, la encontró ese mismo día en el descansillo de su casa, con una maleta, una mochila, una lámpara de mesa y un regimiento de lágrimas en las mejillas:  “Solo serán unos días... ¡Es un hijo de puta!...  No puedo volver a casa...  ¡Menudo cerdo!... Mis padres no entenderían nada...  ¡Pero que pedazo de cabrón!...  Cuando encuentre un piso asequible te juro que me marcho...  ¡Ay... Es que...  Es que es...!  Por favor”.  Azucena terminó instalándose en el sofá cama del salón.  El equipaje sin deshacer fue abandonado bajo la mesa del rincón, la lámpara junto al televisor.
 
Los días transcurrieron rápidos, o al menos eso es lo que ella pretendía.  No quería pensar.  No merecía la pena dedicarle un minuto de su tiempo.  Estuvo viendo varios pisos, visitando algunas agencias, revisando los periódicos de segunda mano, cenando con embutido, abandonándose al televisor... y llorando por aquel abandono al que se veía sometida...  No podía evitarlo.  Lo peor era, que esas lágrimas se le estaban haciendo muy amargas, y conforme pasaban los días sin noticias de Víctor, el rencor se le iba convirtiendo en odio y la desidia en rabia.

Sin embargo, y aunque pareciera imposible, la situación podía empeorar aún más.  Ahí estaba el predictor para confirmarlo.  Desde entonces, cada noche, sobre el sofá cama, permanecía insomne planeando la forma de deshacerse de ese niño que la estaba desgarrando por dentro, y cuya semilla originaria, ahora detestaba más que nada en este mundo.  En esto estaba sola, no podría recurrir a nadie, no la entenderían... No, nadie la entendería.

Aquel último domingo del mes, su compañera de piso había ido a hacer una visita a sus padres.  Azucena no esperaba a nadie.  Era el momento.  Ya tenía preparado todo lo necesario.  Totalmente desnuda se encerró en el cuarto de baño, frente al espejo.  Colocó la foto del “cerdo abusador” encima del lavabo.  “Ahí donde puedas verme bien, que no te pierdas un detalle de lo que voy a hacer.  Todo esto es por tu culpa, cerdo miserable.”  En la mano derecha esgrimía una aguja de hacer media, larga y gruesa, que aún no sabía exactamente como iba a utilizar.  Estaba decidida: subió una pierna sobre el taburete de plástico, y con pulso firme, despacio, hizo amago de introducirse la aguja como si de un tampón se tratara.  Pero no lo hizo, le faltaba valor.  El espejo le devolvía una imagen desolada y rabiosa.  Bajó la pierna al suelo y agarrando la foto de Víctor comenzó a gritarle: “¡Dios mío, no sabes cuanto te odio!¡Te odiooooo!”  Concentró todo ese rencor, todo esa rabia en su propio cuerpo, en el ser que estaba empezando a generarse en sus entrañas.  De inmediato, comenzó a ponerse colorada, granate, no podía ni respirar, el deseo de venganza era extremo.  Violentamente clavó la aguja en la fotografía, en la cara sonriente de su ex.  “¡Ojalá te mueras cabrón!!”... Al mismo tiempo, un hilo de sangre inició el descenso por sus muslos, sus rodillas, y unos grumos sanguinolentos le bajaron hasta los pies.  Totalmente sorprendida, tiró una toalla al suelo para que empapara la sangre.  Con ella cayeron la foto, la aguja limpia y unas gotas de saliva temerosa.  Se metió en la ducha de un salto y se dejó purificar por el agua caliente.

Justo cuando terminaba de secarse sonó el teléfono.  Recogió la toalla sangrienta y la llevó hasta el cubo de basura.  Y en un gesto que intentaba volver a parecer natural, se recogió el pelo y se puso un albornoz.  El teléfono había seguido sonando.
 
“Sí dígame”
“Azucena, soy María, vente corriendo para el clínico que Víctor ha tenido un accidente y está muy mal.  Lo único que dice es que quiere verte... Oye....”

El teléfono cayó al suelo al mismo tiempo que ella se derrumbaba sobre el maldito sofá cama.

miércoles, 16 de marzo de 2011

El club de lectura I .-

La reunión del club de lectura había llegado a su fin.  Hoy se le había hecho especialmente larga.    Pero no todo el mundo se había levantado de su asiento y salido de la sala.  Ella, la chica joven de la primera fila, permanecía pegada a la silla, cruzada de piernas y con la misma mirada fija y penetrante que había tenido en todo momento.  En clara alusión poética a lo recitado, se dirigió a Arturo.  El tono de su voz era dulce y preciso, pero también enigmático y sensual.  
-         ¿Cuál fue la última vez que viste a tu sombra?
Él quedó atrapado en un momento impreciso de atracción mutua.  Era la primera vez que la veía en una reunión del club.  La observó con detenimiento, y cuando el silencio comenzaba a molestar, respondió pausado y sugerente algo que con certeza no había tenido que pensar mucho.
-         Realmente no lo sé.  Creo que nunca me he fijado en ella.  No suelo prestar atención a quien no da la cara, a quien te sigue pegado a los pies carente de la valentía para plantarse ante ti, y sin escudarse en nadie, decir claramente lo que siente.
Ella hizo amago de levantarse, pero en lugar de eso, se apoyó sobre la rodilla y puso un dedo sobre sus labios.  Se miraron despacio durante un minuto eterno.
-         ¿Dónde estará ahora el agua con que te lavaste la cara esta mañana?- preguntó ella provocativa, mientras acariciaba su cuello.
-         Llevo varios días sin lavarme pues solo el alcohol y el tabaco saben abrirme los ojos, no necesito agua ni jabón.  Procuro salir de noche, a clubes donde oculto mi cara sin rasurar y mis pómulos desaseados.- Contestó Arturo al mismo tiempo que con pasos cadenciosos se acercaba hasta ella. - Creo que esta es la mejor manera de evitar el espejo de las miradas ajenas.
Cuando llegó hasta su asiento, ella ya se había puesto de pie, y la esperaba receptiva.  Comenzaron a besarse de forma salvaje mientras se revolvían el cabello y buscaban lugares que acariciar con sus manos.
-         Bueno, y ahora vamos a dejarnos de poéticas trascendentales, que hoy estoy ya un poco saturado.- Interpeló Arturo mientras la apartaba un momento de su boca.- Vamos a lo que vamos: ¿en tu casa o en la mía?
Ella igualmente lo alejó de forma brusca, cogió el bolso que había caído al suelo y rauda sacó un par de preservativos que mostró descarada ante sus ojos.
-         ¿Y por qué no aquí y ahora?- respondió ella toscamente mientras desgarraba con los dientes una de las fundas.

sábado, 12 de marzo de 2011

El juicio final .-

Era ya muy entrada la noche, cuando un dolor extraño me despertó.  La mano derecha se me había muerto, era una prolongación inútil, prácticamente ni la sentía.  En un arranque espontáneo comencé a morderla esperando con ello recuperar la sensibilidad perdida.  Cuando noté de nuevo ese cadencioso fluir de la sangre, encendí la lámpara y miré el despertador.  Mierda, solo eran las cuatro.  Ya me sería imposible volver a recuperar el sueño.  Todas estas noches en blanco me estaban resultando un castigo, una carga incómoda que ni las pastillas conseguían aliviar.

Estos últimos días, el cansancio y la pesadez me acompañaban perennes al trabajo.  Se pegaban a los ojos y a los pies, pero no a mis manos, que ya plenamente recuperadas, eran como un torrente de fuerza: agarraban la espátula y el pincel con una vitalidad desacostumbrada.  De ese ánimo, me subía al andamio, y con la premura del que cree salvar a dios, emprendía la labor que me había sido encomendada.  Recuperé el vivo color del manto de la virgen.  Limpié por completo las caras de varios ángeles y alguna de las trompetas.  Ya antes, había salvado la columna de la flagelación que en algunos puntos se estaba desprendiendo.  Y ahora por fin las nubes lucían más claras y livianas.  Sin embargo, no estaba totalmente satisfecho.  Desde que fui seleccionado para este trabajo, algo muy profundo en mí había ido cambiando, y lo que empezaron siendo felicitaciones, ahora se me estaban convirtiendo en angustiosa inquietud.

Esa noche no iba a ser diferente a las anteriores:  Roma dormía y yo desesperaba.  Del insomnio pasaba al duermevela, y del silencio al tronar de trompetas.  Ese estallido en mi cabeza me marcaba el que sería un camino hacia abajo, hacia el infierno, hacia ese lugar en el que habitan los no elegidos.  La aparición de este desasosiego continuado se correspondía también con el final de mi relación con Ana.  Sí, tenía que reconocer que desde entonces, me había vuelto más huraño, más pendenciero, incluso más triste.  Las vigilias que yo le había hecho padecer, ahora las estaba sufriendo multiplicadas.  Pero es que en el fondo, ella no había aportado nada a mi vida, solo amor, algo que yo siempre había escrito con h, sí con h muda: hamor.  Por mi parte esperaba que un día el tiempo se hiciera cargo del fin.  Pero la oportunidad de este trabajo fuera de la ciudad me impulsó, me dio alas para volar lejos.

Restaurar la piel de San Bartolomé, terminó siendo una de las tareas más complicadas.  El tiempo y las continuas visitas habían dejado una herida en la pintura que costaría recuperar.  Aquellos días estaba, aún si cabe, más deprimido todavía, y sentía una impotencia extrema, incluso para enfrentarme a una cara desdibujada.  Se me hacían muy presentes aquellas mañanas grises que se cargaban de reproches silencios y de lágrimas infantiles.  Lágrimas que yo no quería comprender, que me negaba a asumir en una desidia realmente dañina.  Siempre la traté muy mal.  Era algo que hoy me costaba mucho entender.

Estos últimos días estoy adecentando los pies de las almas condenadas.  A la misma vez, aplico una mano de pintura disolvente a la barca de Caronte.  Me siento uno más de aquellos condenados que pierden su rumbo hacia la desolación.  La soledad ha invadido cada uno de mis huesos.  Quizás me lo tenga bien merecido.  La obra, inmensa, no solo ha sido un reto, sino también una auténtica tortura, un acto de penitencia al que amparar mi vida.  Subo a lo más alto del andamio y me coloco cerca de los elegidos, de los redimidos.  Pero es un intento vano.  Soy consciente de que mi sitio no está aquí, sino mucho más abajo, precisamente donde ha de resolverse el verdadero juicio final.

viernes, 4 de marzo de 2011

La presentación imprevista .-

El día era frío y lluvioso.  Además, un viento llorón que soplaba insistente, se colaba por entre los pliegues de su falda.  Ana estaba literalmente congelada.  Las manos podían ir a los bolsillos o cruzarse sobre el pecho; la cara podía arrebujarla aún más entre la bufanda y el cuello de la cazadora, o pellizcársela para entrar en calor; los pies podía golpearlos con terquedad contra el suelo o pisar uno sobre el otro...  Pero las pantorrillas...   Y los muslos... ¿Por qué obtusa razón tuvo que ponerse falda aquel día?

No podía más.  Así que cuando vio aquel cartel que anunciaba la presentación de un libro, no se lo pensó dos veces.  Hacía mucho tiempo que no visitaba el Círculo de Bellas Artes, y esta entrada accidental le iba a permitir recuperar un hábito ya casi olvidado, el de las actividades culturales.  Desde que se casó, hace ya casi ¡diez años!, parecía mentira, se había entregado por completo a su familia y trabajo, dejando a un lado todo aquel ritmo de charlas, coloquios, recitales, exposiciones, y otros actos similares que antes, le habían ocupado al menos cuatro, de los siete días de la semana.

Ahora, más calentita, parecía que hasta pensaba mejor las cosas.  Pagó la entrada (quiso recordar que antes no cobraban) y subió hasta el cuarto piso.  El conserje le había avisado que quedaba más de una hora para el comienzo de la presentación, pero ella había ignorado el comentario.  Esperaría tranquilamente.  El salón estaba poblado de sillas vacías.  Ana tomó asiento en la penúltima fila.  Pensó que ese sería un lugar discreto, recoleto, que le permitiría no parecer demasiado entusiasmada con aquel escritor al que realmente ni siquiera había leído. 

Rebuscaba en su bolso, cuando inesperadamente alguien se sentó justo a su lado.  Se trataba de una anciana de aspecto elegante y porte intelectual.  Miró hacia los lados extrañada.  No, no había llegado nadie más, todas las sillas estaban vacías.  ¿Por qué se habría sentado justo ahí habiendo otros sitios más alejados que estaban vacantes?  Ella no lo hubiera hecho.  Pero, bueno, que se le iba a hacer.  Ahora sí que le parecía una señal de mala educación cambiarse de sitio, así que resignada, se cruzó de piernas y cerró el bolso.

Al silencio no le dio tiempo a incomodar.  La señora mayor se volvió hacia Ana, y con una calmada educación la interpeló a preguntas que ni por asomo esperaba.

-         Perdone que la moleste, ¿no será usted amiga del escritor?.
-         No... No soy amiga. – respondió Ana un poco cortada.
-         Ay, no me diga.  Como la he visto aquí tan pronto... 
-         Es que no me gusta llegar tarde a los sitios – mintió Ana.
-         Entonces seguro que es como yo, una fiel admiradora de su obra.  Yo lo sigo hace tiempo.  Me encantan sus libros: qué manera tan peculiar de dosificar los elementos narrativos, qué intensidad en los personajes, qué calidad en el texto.  Realmente es único, ¿no está usted de acuerdo?

Ana asintió silenciosa y se revolvió incómoda en su asiento.  Abrió el bolso y volvió a rebuscar en él para evadir nuevas preguntas.  ¿Dónde estaría el dichoso móvil?.

-         No sé a usted, pero a mí desde luego, lo que más me engancha de su escritura son esas historias tan realistas, pero a la vez tan poéticas, dónde los personajes se confiesan dando una perspectiva global de sus debilidades.  ¿Se ha leído usted ya su último libro?
-         No... todavía no – balbuceó Ana algo nerviosa pues seguía sin encontrar el móvil que le sirviera  de excusa.
-         Yo estoy convencida que su obra es como un cóctel en el que se mezclan, tanto la literatura francesa del siglo diecinueve, como la mejor narrativa americana de los años sesenta...

Ana estaba cada vez fastidiada por esa situación.  La señora no dejaba de hablar como una verdadera erudita, y ella ya casi ni se acordaba del apellido del autor.  Parecía un chiste.  De verdad, que eso no le podía estar pasando.  Eso sí, ella seguía asintiendo arriba y abajo, como si estuviera de acuerdo en todo.  Hasta llegó un momento que ni siquiera escuchaba. 

-         Entonces, ¿estaría usted dispuesta a casarse con él?  Harían muy buena pareja...
-         ¡Perdone! – reaccionó Ana dejando de mover la cabeza. - ¿Cómo dice?.
-         Que sí, que sí, no se lo piense.  Que este hombre es todo un partido, y además muy guapo.
-         Pero que no me piense qué, pero... ¿de qué me está usted hablando? – Ana se giró incrédula.
-         Del escritor mujer, de qué está soltero y creo...

De pronto una mujer entró gritando en la sala, y haciendo alocados aspavientos se dirigió hacia ellas.

-         ¡Mamá! ¡¿Se puede saber qué estás haciendo aquí?!  Llevamos una hora buscándote por todo el edificio.  Es que no se te puede dejar sola.

La anciana del pelo blanco enmudeció repentinamente y agachó la cabeza como si acatase resignada un castigo divino.  Su gesto tan vital hacía un momento, se había ensombrecido.  Esa mujer la agarraba ahora del brazo obligándola a ir con ella.  Ana no sabía lo que estaba pasando, así que también se levantó como en un ademán aclaratorio.

-         Espero que no la haya molestado – se disculpó la mujer. – Estábamos en el cafetería tomando algo, cuando entre charla y charla, nos dimos cuenta que mi madre se había escapado.  Otra vez.  No sabe usted lo qué es esto.
-         No.  No se preocupe que a mí no me ha molestado. – respondió Ana. – Me estaba hablando de literatura y de los libros que ella había leído del escritor este que presenta hoy.
-         No.  Eso no es posible – dijo con una mueca de incredulidad. – Mi madre hace casi diez años que sufre alzheimer, y desde entonces solo abre la boca para comer. 
-         Pues... Pues... Yo diría... – entonces Ana se dio cuenta que era mejor callar, y mientras las mujeres se alejaban, ella volvió a sentarse.

Muda y extrañadamente triste se abrigó todo lo que pudo y salió del edificio.  ¿Por qué se le habría ocurrido salir aquel día?...  Con este frío.  Hubiera sido preferible quedarse en casa con los niños.