lunes, 2 de mayo de 2011

Pura fibra .-

A mi vecina Teodora, la de la puerta C, le gusta comer carne cruda.  Y cuanto más fibrosa y dura de masticar, mejor.  Ella misma me lo dijo una vez que coincidimos en el mercado.  Es más, varias fueron las ocasiones en que la encontré saliendo del ascensor, aún con el filete en la mano y unas gotas de sangre corriendo por su barbilla.  Pedía disculpas rápidas tipo “no podía aguantar más el hambre”, y sin avergonzarse lo más mínimo seguía comiendo.  Yo callaba y agachaba la cabeza muerta de asco, mientras me hacía a un lado para que saliera.

Hace unos meses, con la excusa del azúcar, se me coló hasta el salón, tomó asiento y empezó a contarme que tenía ganas de probar cosas nuevas, nuevos sabores, nuevas texturas.  Por eso, cuando al poco tiempo desapareció la señora del tercero, lo primero que me vino a la cabeza fue la imagen de mi vecina de la puerta C, no sé por qué.  Todo el mundo comentaba, que seguramente no sería tal desaparición, sino más bien una de esas escapadas que hacen las viudas a casa de los hijos.  Pero cuando Teodora vino a pedirme prestado el cuchillo eléctrico, el de “sierra grande”, una chispa de terror sacudió mi cerebro y me hizo estremecer las rodillas.  Tuve hasta que sentarme.  Según ella, había comprado a muy buen precio, un gran centro de cerdo, muy fresco, “de esos que todavía tienen sangre entre las carnes”, y tenía que deshuesarlo.  Cuando se marchó a su casa, yo seguía temblando.  Llena de miedos y sospechas, y casi con lágrimas congeladas, cogí el teléfono y llamé a la policía.  No sé cómo siquiera articulé palabra, pero logré montar una denuncia coherente.

Hoy, mi vecina del portal C, supongo que sigue comiendo carne cruda, pero en la cárcel.  Mi aversión y desconfianza infantiles a la gente que le gusta la carne poco hecha, puso fin a sus festines entre el vecindario.  Ahora casi no puedo dormir, pienso en aquella nevera llena de sangre y vísceras, y el sueño se esfuma, igual que mis apetitos.

sábado, 30 de abril de 2011

Cartas inesperadas .-

En su obstinada búsqueda del capo Polinari, siempre ha seguido todos los cauces de la legalidad. Hasta ahora. La investigación, como no podía ser de otra manera, le ha conducido hasta Palermo, ciudad fetiche del requerido criminal. Acostumbrado a otros espacios, las callejas irregulares y estrechas que ahora recorre le parecen amenazantes, inseguras, como si un peligro viviese agazapado tras cada portal. Tras el mercado de frutas encuentra la dirección buscada: un edificio viejo y destartalado. La puerta de la calle abierta y las bombillas rotas de las escalera no auguran nada bueno. Por fin llega. Ahí está: tercero derecha. El miedo le atenaza y para evitarlo, aprieta con fuerza el fajo de cartas que lleva en el bolsillo. En estos dos últimos meses no ha dejado de leerlas ni un solo día. Sólo él sabe el efecto inesperado, instintivo y visceral que le han producido.

Cuando en comisaría apareció aquel paquete anónimo a su nombre, lo que menos esperaba encontrar en él eran las cartas que María Gabardi había escrito a su prometido Polinari durante el tiempo que estuvo encarcelado. En un primer afán inquisidor de información sobre el paradero del ahora evadido recluso, no dejó ninguna misiva sin estudiar. Pero más que información sobre robos, direcciones, compinches u otros objetivos mafiosos, lo que encontró fueron letras que denotaban un amor desgarrado y profundo. Cada frase, cada espacio, cada signo de admiración eran pasiones y deseos irrefrenables. De tanto leerlas, se terminó enamorando de esa mujer apasionada que vivía cada segundo como un impulso volcánico.

Tercero derecha. El timbre no funciona. Suena lejana una emisora de radio mal sintonizada. Empuja suave la puerta que se abre indefensa. María, parapetada en una bata de seda que no oculta su cuerpo desnudo, dormita en un sofá frío pobremente iluminado. El crujido de pasos la despierta.

-         Has tardado demasiado. ¿No supiste leer el remite correctamente o qué?. – Ataca brusca mientras se levanta y recompone su ropa.
-         Sí, pero antes tenía que apropiarme de tus palabras,  redirigirlas y hacerlas mías. Y ya estoy aquí; era lo que querías ¿no? – La agarra por la cintura y comienza a besarla. Los latidos violentos se corresponden, y las bocas se buscan sedientas.
-         Ahí tienes a “tu amigo” – señala ella hacia el baño cercano -. No veas lo que me ha costado seducirlo. A muerte. Él o yo. Jamás imaginé que tuviera tanta sangre ese maldito cabrón.

Él se acerca hasta el baño y sereno observa el macabro espectáculo. Cierra la puerta despacio con intención puntual de olvidarlo, y se dirige al dormitorio. Ella le espera sobre las sábanas de raso, desnuda, limpia de culpa. Su bata se desliza lentamente sobre la cama hasta que cae al suelo.

jueves, 7 de abril de 2011

Las señales .-

A veces, eran pequeñas huellas de su paso, las que encontraba entre mis libros, entre mi ropa, en alguna de las paredes.  Pero la definitiva señal de su llegada, de su entrada en mi vida, fue algo inesperado e ingenuo:  descubrí que el color de mi habitación había cambiado.  Del azul pálido, de niño siempre enfermo, las paredes habían pasado a ser de un verde intenso que recordaba la selva amazónica, y las historias de exploradores que me leía el abuelo.  Una sonrisa inesperada me recibió en el espejo.  Sin pensarlo dos veces conecté al enchufe la afeitadora electrónica de mi padre, y me quité ese incipiente bigote que me hacía una sombra ajena sobre el labio.  Ya en la cocina, las risas irónicas eran un todo agradable que hasta a mí mismo me sorprendía.

-         ¿Cómo está mi hombrecito hoy? – me acariciaba mi madre. – Anda dame un beso de buenos días... Uy, pero que beso más tierno y suave.
-         Anda bonito, dame a mí otro igual – mascullaba mi hermano, que siempre sería el mismo imbécil.

Volví a notar su presencia una vez llegado al instituto: los apuntes se me hicieron familiares, los ejercicios casi pasatiempos, y las hasta ahora aburridas clases de matemáticas y ciencias naturales, se me hacían interesantes.  Las ganas de participar, de preguntar, de saber, eran otras.  No sé cómo decirlo...  Era alucinante:  estaba ahí, y por primera vez en mucho tiempo, era consciente de mi existencia entre el resto de los alumnos.  Aún no tengo palabras para expresar el partido de baloncesto que me salió en la clase de gimnasia.  Rebosaba fuerza y vitalidad.  A partir de ahí, las nuevas actitudes y sus nuevas consecuencias se sucedían.

Creo que me siempre me acompañaba.  Uno de los momentos que más cerca noté su presencia fue cuando llevé a Rita al veterinario.  Tenía una enfermedad extraña que le afectaba al hígado.  Sufría mucho y lo mejor era sacrificarla.  Salí de la consulta totalmente compungido, quería llorar, tenía un nudo en la garganta que me ahogaba.  De pronto, una leve brisa me silbó en los ojos y removió mi pelo.  Noté como si una mano amiga apretase mi hombro.  No me volví ni mi asusté, sabía que era él, incluso Rita lo notó pues levantó las orejas y saltó de mis brazos.  Ahora brincaba a mi alrededor y ladraba alegremente.

“Qué suerte el día de la tormenta, pero que suerte tuviste.”  “Se te apareció el señor.”  “Ni un solo rasguño, increíble.”  Diferentes eran las visiones que las gentes tenían de aquel acontecimiento.  Cuando el cielo se abrió, y un torrente de agua y barro cayó sobre el pueblo, yo acompañaba a un grupo de amigos de paseo por la orilla del río.  El desbordamiento nos cogió más cerca que a nadie, había agua por todas partes, algunos de hecho desaparecieron con la riada.  Yo sin embargo, logré aferrarme a una torreta eléctrica y pude divisar todo el espectáculo que bajo mis pies se estaba produciendo.  Él estaba conmigo.  Recuerdo que mientras llovía, una tenue canción tintineaba en mis oídos:  “Tengo tu vida en mis manos, tranquilo mi dios, tranquilo”.

A las chicas les comenzó a gustar mi voz, querían escuchar mis historias, y las encandilaba mi mirada.  Estoy convencido que fue él quien me empujó y me abrió los ojos al sexo hasta entonces oculto bajo unos pantalones pasados de moda.  Mi primera cita fue con Silvia, la chica del quiosco, mayor que yo, tenía fama de experimentada.  Sin embargo, mis besos y caricias, totalmente espontáneas, no aprendidas, la volvieron loca de placer.  Aquella noche fue inolvidable.  Él me había enseñado a utilizar mi cuerpo, a dar placer y a saber recibir el mejor.  Desde entonces, las mujeres dejaron de ser una conquista difícil en  mi vida.

Terminé la carrera con matrícula.  Hice varios estudios de postgrado y viajé por casi toda Europa.  Me casé con la mujer más maravillosa del mundo que me ha dado dos hijos.  Ahora tengo a mi cargo toda una empresa con beneficios notables, un chalet y varios coches.  He conseguido todo lo que me proponía...  Gracias a él, estoy seguro.

Muchas veces, cuando leo mi diario, descubro que lo que empezaron siendo pequeñas señales, se han ido convirtiendo en socavones de mi vida.  Desde aquel día en que cambió el color de mi habitación, han pasado ya muchos años.  Hasta ahora no me ha pedido nada, y eso en el fondo, me da mucho miedo.  Me aferro a la vida, cuando sé que tengo un tope que se va acercando:  los cuarenta años que en su momento me parecieron tan lejanos, ya casi me alcanzan.  Él, siempre a mi lado, ha ido excavando mi alma, cada vez más fría.  No sé por qué sigo aún hablando de MI ALMA, cuando realmente dejó de ser mía, el mismo día que cambió el color de mi habitación, aquel día en que justo antes de acostarme firmé un pacto con él y se la vendí.

miércoles, 6 de abril de 2011

El mensaje del tiempo .-

Tras la muerte del deseo, entre ellos, ya solo mediaba un cariño inútil que les distanciaba en largas noches de soledad.  Decidida, hizo las maletas, y mientras éstas perdían el tiempo sobre una cama pulcramente deshecha, cogió papel y lápiz.  Sabía perfectamente que para él, aquellas palabras desesperadas no pasarían de ser más que una triste despedida.  Apoyó el mensaje sobre el vaso que en la mesita acogía cada noche su dentadura, y salió al pasillo, ahora tan oscuro y angosto como el empuje solitario que la llevaba a actuar así.

Cuando él volvió de dar su paseo diario de obras y edificios en construcción, se percató rápidamente de la ausencia.  No olía su piel, su sudor, su movimiento.  No oía el crepitar de los fogones, ni el ruido de fondo del noticiero.  En silencio fue hasta la habitación y descubrió el armario vacío de sus vestidos, los cajones tristes de su ropa interior, y el mensaje que no se atrevió a tocar.  Echó la llave y la guardo en el bolsillo.  Nunca más volvió a entrar en aquel dormitorio.

Con los días, con los meses, el polvo se encargó de ocupar todos los rincones, repartiéndose por la habitación y dibujando sus formas.  Destacaban más que nunca los libros sobre una coqueta desconchada, la lámpara de papel diferente o el cuadro de flores marchitas.  Una piedra traicionera, quien sabe desde qué manos lanzada, rompió el cristal izquierdo de la ventana y fue a golpear el vaso de agua, que acabó en el suelo roto en mil pedazos.  El agua se derramó en miles de lágrimas prohibidas y mojó aquel mensaje desesperado, terminando de difuminar lo poco que el olvido del tiempo había sabido respetar.  Qué triste: nunca unas palabras sirvieron para tan poco.

martes, 29 de marzo de 2011

Carta de amor amargo .-

Porcuna, 29 de mayo de 1938

Querido Benito,

Espero que a la llegada de ésta te encuentres bien, nosotros todos bien gracias a Dios.  Benito de mi alma, no dejo de rezar por ti, para que no te pase nada.  Que si una bala se pierde, que no te dé a ti; pero que tampoco le dé a nadie, que bastantes muertos hemos tenido ya.  Desde que te llevaron para Madrid no hago más que llorar y llorar.  Ya sé que lo tuyo es más duro, que bastantes miedos y penares tienes tú ya que tener estando en el frente, pero es que nos acordamos mucho de ti hombre mío.  La Petra se está portando muy bien con nosotros, pues además de escribirme las cartas, me ha buscado un trabajo de planchadora por horas en casa de don Salvador, el médico.  Ojalá tú también encuentres un alma buena entre los de tu regimiento que te sepa leer mis cartas, porque sino andamos apañados. 

Cada vez que subo a la plaza de abastos, que son pocas, me paso a escondidas por la iglesia de Jesús y le pongo una velica a Santa Gema para que mire por ti, para que alumbre tu camino.  Espero que me escuche, pues es la única imagen que ha quedado entera.  Esta guerra no respeta ni a los santos.  Ay Benito de mi corazón lo que te echo de menos.  El otro día al salir de la iglesia me encontré con Faustino, el rojo, y no va y me dice el muy mameluco que los republicanos no rezan, y que si me pilla otra vez en las mismas, que me atenga a las consecuencias.  Pero yo le dije que ya no me dan miedo los del sindicato, que yo rezo por mi familia, por mis hijos y por mi marido.... Y de pronto, se me hizo un nudo y empecé a llorar como una tonta, que se me caían dos mocos como puños... Y ya no me salió más nada, pero lo justo que tenía que decir se lo dije.

Benito, aunque yo te cuente estas cosas, tú no sufras por nosotros que sabes que yo me apaño muy bien, y que según me ha dicho don Salvador, mientras esté en su casa trabajando, comida no nos va a faltar.  Su mujer todos los días me da una almorzada de patatas.  Es muy buena.  El otro día le tuve que llevar a la Purita a consulta, pues se me había puesto muy malica: estaba encendida en fiebre y no paraba de vomitar.  El médico me dijo que tenía empacho de almortas, así que me ordenó que no comiera más y que le diera un jarabe para la barriga.  Todavía no está bien del todo, pero ya va mejorando.

El que se nos está haciendo fuerte como un roble es el Emilio.  Para tener solo cinco añicos, está tan fuerte y guapo, como su padre.  Cada día que amanece pregunta por ti, y reclama que le tienes que traer una escopeta, que él también quiere pegar tiros.  Que lástima...  El chiquito parece vivir en otro mundo, solo quiere jugar.  A veces, cuando no me quito tu recuerdo de la cabeza, lo abrazo con todas mis fuerzas, y me imagino que eres tú a quien abrazo.  Entonces el niño se me queda mirando en silencio, como extrañado.  Es que nuestro hijo está sacando tu misma cara, el mismo hoyo en la barbilla, el mismo remolino indomable en la coronilla.  Yo diría que hasta va a ser más guapo que tú, y mira que eso ya es difícil.  La Consuelo, la del portal de abajo, me dice algunas veces que con lo fea que yo soy, cómo me casé con un hombre tan guapo, y cómo hemos tenido tres hijos tan garranpones.  Yo le digo que gracias a ti, que es por mi Benito, que todo en ti es belleza, por dentro y por fuera.

Y de la Amparito, qué te voy a contar, si a la chiquita ni siquiera la has conocido todavía.  Te arrancaron de mí dos semanas antes de que naciera, y si por mí fuera, ahora mismo me cogía la burra y me iba a buscarte para enseñártela, para que la besuquearas como yo lo hago.  Ayer fui a la casa del fotógrafo para ver por cuánto me salía una foto que te pudiera enviar, pero tal y como están las cosas, no podemos permitírnosla, si acaso más adelante.  Te diré que tu hija se parece mucho a su hermana, aunque bastante más delgada.  Acuérdate que la Purita se nos crió muy hermosa, como un lechón, pero ésta no se está criando igual.  Yo creo que es por la teta, que es lo único que le puedo dar.  Pero mi leche, por lo que se ve, ya no da para mucho.  Esta vida de penurias, me está vaciando hasta los pechos.  Ya no son lo que eran.  ¿Te acuerdas cuando nos conocimos y aprovechabas cualquier descuido para rozarme?.  Ay Benito, cuanto añoro esas caricias tuyas.

Hay noches que sueño contigo, y te tengo tan presente, que parece nos hemos estado comiendo a besos.  Me levanto soliviantada y ya no doy pie con bola en toda la mañana.  Tu cara la tengo delante a cada minuto, y ya lo mismo plancho torcida la raya de un pantalón, como que se me olvida almidonar las camisas del doctor.  Entonces saco tu foto que llevo siempre en el bolsillo del refajo, y la beso una, dos, y hasta diez veces.  Y maldigo esta guerra tan cruel que nos ha separado.  Con lo que nosotros nos queremos...

Contéstame pronto por favor, y dime que estás bien porque si no me voy a volver loca de tanto pensar.  Y si no encuentras a nadie que te escriba la carta, me haces dibujos, pero que yo sepa que estás vivo y que te acuerdas de nosotros. 

Benito mío, no puedo seguir contándote nada más pues la Petra me dice que no quiere que la pille la noche yendo para su casa.  Que hoy en día la oscuridad es amiga del daño, y que aunque vivamos en un pueblo, ya no se fía de nadie.

Recibe muchos besos y abrazos de estos que te quieren más que nadie: tu mujer y tus hijos.

Esta que lo es, la mujer que te espera.

Catalina.

sábado, 26 de marzo de 2011

El oído .-

El traqueteo de la furgoneta le sumió en un profundo sueño.  Los recuerdos sufridos bombardeaban su mente sin poder evitarlo.  Aquellos terribles momentos, todavía cercanos, se aglutinaban, convirtiendo ese ligero trastorno temporal en una desesperante pesadilla. 

Andaba por una selva infestada de bufidos y otros chillidos extraños para él.  El mínimo chasquido de una rama seca se convertía en un arrebato terrorífico.  Llevaba horas perdido, buscando a su amada, también perdida, desaparecida, secuestrada... quién sabe qué.  Subía a los árboles, colmados de frondosidad y alborotadores animales.  Escudriñaba tras los gruesos troncos, que intentaba evitar en un zigzagueo continuo.  No aparecía por ningún lado, ni aún siquiera en aquellas oquedades de hojas, que al pisarlas explosionaban en suspiros de humo negro y maloliente.  Las manos comenzaron a sangrarle en un goteo insistente que aporreaba su pecho de angustia.  Atento a cualquier ronroneo, cualquier respiro entrecortado que le permitiese localizarla, no se percató del extravío febril en que estaba cayendo.  Ahora ya todo le intimidaba y le producía sobresaltos inesperados: el repiqueteo continuo de cualquier ave, el resoplido de una alimaña, el rugido lejano de un monstruo desconocido, incluso el crujido suave de las hojas llevadas por el viento.  No lograba encontrarla.  Las gotas de sudor se mezclaban con lágrimas, que fatales brotaban una y otra vez.

Cuando la policía le golpeó en el hombro, despertó.  Habían llegado a la jefatura.  Ahora tendría que rememorar concienzudamente todo lo ocurrido.  Por qué, cuando les encontraron en aquel claro del bosque, tras varios días sin saber nada de su paradero, él estaba como enloquecido y ella muerta.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Un largo paseo .-

Salgo de casa.  Aliada con mi tristeza, la tarde lluviosa me acompaña.  Me gustan los días así:
-         Tormenta y paraguas negros empujados por el viento.
-         Gente corriendo, gabardinas, charcos.
-         Escaparates que poder mirar, libros que no he leído, ropas caras que no puedo pagar, botas de goma.
-         Un reloj de pared, el canal de desagüe de un tejado, una gotera.
-         Un perro flaco perdido, bicicletas paradas junto al puente, el río que se moja, gorriones que se bañan.

Decido salir del pueblo.  Me dirijo hacia Zull, y siguiendo las señales, cojo la calzada que se inicia a mi derecha.  La lluvia ha cesado, y aunque mi chubasquero es bueno, creo que se ha calado un poco.  Me lo quito y lo doblo bajo el brazo.  Empieza el camino:
-         Tierra rojiza, mucho barro y agua estancada.
-         Flores húmedas, hierbas y matojos.
-         Algodón, garbanzos, trigo.
-         Una flecha de madera que indica a la izquierda: “Villa Müller”.
-         Almendros, robles, algún castaño de indias.
-         Una antigua caseta, hierbas que crecen sin control, paredes deshabitadas.
-         Un coche fúnebre vacío, un muro resquebrajado por el tiempo.
-         Una cruz de piedra, un jarrón con flores, una lápida de mármol en la que puede leerse: “María 1945. Luchaste por todos aquellos que ya habían caído. Libertad era tu lema, tu mano firme. Y para mí la soledad.” “Martín 1947. El dolor me hace seguir tus pasos.”

Me detengo en un nuevo cruce.  Saco una manzana de la mochila y parsimonioso comienzo a mordisquearla.  Realmente no tengo mucho hambre.  Miro al cielo que no deja de amenazar nuevos aguaceros.  El camino de la derecha es el que debo seguir:
-         Una nueva señal “Zull 5 km”.
-         Una bandada de cuervos, y un árbol quemado por el rayo.
-         Un chaval en bicicleta: “Adiós. Buenos días”.
-         Unos tubos metálicos.  Y a lo lejos una estación abandonada.
-         Un estrechamiento, un puente, un pequeño riachuelo.  “Arroyo Salt” en un cartel de madera.
-         El croar de las ranas.
-         Un montón de escombros, basura y algunas ratas.
-         Tierra baldía, piedras, jaramagos y amapolas aún mojadas.
-         A la derecha una casa de campo abandonada:
o     Una cancela rota.
o     Un banco de piedra y un pileta llena de agua.
o     Unos rosales resecos, muros derruidos, una lechuza.
o     Un viejo libro destrozado por el agua y el tiempo. No tiene pastas, le faltan las primeras hojas. En una de ellas todavía pueden leerse claramente algunas líneas: “(...) el hombre es objeto de deseos incalculables; si le arrebatásemos tal pluralidad, si lo serenásemos, si lo satisficiésemos del todo, el hombre dejaría de existir. Es la inquietud de su corazón, lo que lo distingue del resto de los animales. (...)”

Vuelvo a la calzada.  Un triste rayo de sol y una ligera brisa me acompañan:
-         Tres eucaliptos, huellas de perdiz, huellas de perro.
-         Sangre fresca y plumas desperdigadas entre la tierra removida.
-         Una cartón de leche uperisada: “Leche Boll la mejor de la comarca”.
-         Cinco campanadas suenan cercanas.
-         Murmullo de coches.
-         Un par de higueras malolientes, desagües saturados y aceras asfaltadas.
-         “Municipio de Zull” en letras grandes.
-         Mujeres con la compra, niños que juegan, hombres que vuelven.
-         Unos pinos, una fuente, un banco de madera.

Me siento y comienzo a masajear mis rodillas ya poco acostumbradas a tanto ajetreo.  Abro de nuevo la mochila, pesada y bastante vieja:
-         Un reloj sin correa, un pañuelo verde y un par de postales.  Todavía queda una manzana.
-         Una piedra, una concha de mar y la cartera.
-         Unas gafas de sol rotas, un viejo periódico y un libro con mi nombre en el lomo.  Se titula “Momentos”.  Primera página y en letra de imprenta: “A Laura, la que pudo ser y no fue”. Y en la segunda página: “La perspectiva del tiempo nos permite escribir con mayúsculas aquellos momentos que nos marcaron, que fueron decisivos en nuestra vida.  Estos son los míos”.